Las rentas de la xenofobia 

dijous, 24 / març / 2011 19:10:57
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SAÏD EL KADAOUI

La casualidad ha querido que el día escogido para escribir este artículo, en pleno puente de la Purísima, haya tenido dos conversaciones interesantes con dos personas que más o menos me explicaban lo mismo. Por una parte, Farida me dice que Julia, una amiga suya, se le había quejado amargamente de que los marroquíes acaparaban muchas de las ayudas que dan los servicios sociales. Hoy en día, le dice Julia, hay que ponerse un pañuelo antes de ir a visitar a la trabajadora social. Tras calmarla y pedirle explicaciones, Julia le dice que a X (una mujer marroquí) le habían dado un vale para canjearlo por unos zapatos mientras su marido anda presumiendo, llaves en mano, de un coche que ella no se puede permitir.


Por su parte, Marta, mujer jubilada y que dedica parte de su tiempo colaborando con Cáritas, me dice que existe la percepción de que a los inmigrantes se les da más ayuda que al resto. Y no siempre son las más necesitados.


Estas dos conversaciones me han recordado las palabras de S. H. Foulkes, psicoanalista experto en grupos. Decía que el extranjero despierta en lo más profundo de nuestro ser la rivalidad que el niño experimenta con la llegada de un hermano.


Este es uno de los sentimientos que han intentado explotar tanto el partido xenófobo Plataforma per Catalunya (PXC) como el Partido Popular (PP). A juzgar por los resultados, no les ha ido del todo mal. Plataforma ha estado a punto de conseguir entrar en el Parlamento catalán (ha conseguido más de 75.000 votos) y el PP ha conseguido sus mejores resultados en unas elecciones catalanas y aumentado en cuatro escaños los 14 que había ganado en las anteriores elecciones.


PXC es un partido marginal claramente xenófobo que culpa al inmigrante de todos los males de Catalunya. Primer els de casa (primero los de casa) ha sido su eslogan en estas elecciones. Y el PP ha decidido ensayar en estos comicios la estrategia que en su momento utilizó Le Pen en Francia para disputarle el voto a la izquierda en los barrios más humildes. Están muy contentos con los resultados y ya nadie duda de que, si es necesario, lo volverán a hacer en las próximas elecciones generales.


Alicia Sanchez-Camacho, la candidata del PP a presidir la Generalitat de Catalunya, con el aval de la dirección nacional del partido, ha hecho afirmaciones a lo largo de la campaña que bien podrían ser los exabruptos de una persona racista cualquiera. Y en cuanto a las propuestas, tuvo la feliz idea de proponer un contrato de convivencia, que vincularía la renovación del permiso de residencia al certificado de buena convivencia que tendrán que ir expidiendo los ayuntamientos y en el que se tendría en cuenta, entre otras cosas, que no tuvieran quejas de sus vecinos.


¿No estamos en un Estado democrático? ¿No tenemos todo un armazón jurídico para mediar entre las partes en los conflictos leves y para condenar a aquellos que incurran en delitos?


Mariano Rajoy, por su parte, respaldó estas medidas porque eran exactamente las mismas que él propuso en las elecciones generales de 2008, incluyendo también, como en estas últimas elecciones, el compromiso de la persona inmigrante a retornar si durante un tiempo no conseguía un empleo.


Y la anécdota siniestra ha sido el videojuego –finalmente retirado– en el que Alicia Sánchez-Camacho, bajo el alias de Alicia Croft, mataba a inmigrantes ilegales y a independentistas.


Eso sí, que quede claro, como ha repetido hasta el hartazgo la presidenta del PP catalán, ellos no son xenófobos, son sinceros. Lo único que hacen es decir lo que la gente piensa. El PP no es PXC. A mi juicio, el caso del PP es más grave porque aspira a gobernar este país. Debería medir mucho más su discurso. Si le importara la cohesión social no se lanzaría como lo ha hecho a las manos de García Albiol, político de segunda fila populista, primario y que parece ser una mala copia del mismo Anglada (el líder del PXC).


En tiempos de crisis es especialmente importante no echar más leña al fuego, porque mucha gente compite por los mismos recursos.


Si bien una parte de la rivalidad que evidencian los ejemplos comentados se debe a percepciones subjetivas más que a la realidad, no tenemos que negar que, en ocasiones, esta percepción es real. A mi juicio, algunas de estas ayudas tratan de compensar la marginación a la que condenamos a las minorías. El resultado no puede ser peor: no se ayuda a la gente a salir de la marginalidad, más bien lo contrario. Se les subvenciona permanecer en ella y se favorecen disputas entre la gente más humilde.


¿Puede la izquierda competir con el discurso xenófobo del PP? ¿Puede hacer algo la izquierda para combatir esta rivalidad, que puede ser muy dañina?


En un artículo en esta misma sección publicado el día 29 de noviembre, el profesor Carlos Mulas- Granados, director de la Fundación Ideas, hacía propuestas que me han parecido sumamente interesantes. Decía que la nueva agenda social debe transitar progresivamente de una lógica de protección a otra de reactivación. Hay que conseguir, añadía, que los servicios de empleo sean agentes de oportunidades y no meros tramitadores de subsidios y proponía elevar el número de desempleados que reciben cursos de formación para que un 50% de los parados lleve a cabo actividades formativas. Yo añadiría que los servicios sociales deben ser muy transparentes con los criterios que se siguen para dispensar las ayudas, por muy miserables que sean y, sobre todo, trabajar conjuntamente con los servicios de empleo para favorecer que las ayudas siempre estén condicionadas a la formación y sean temporales.


Los celos inevitables de los hermanos se hacen más soportables y se superan mejor cuando los padres son justos y claros.

 


Saïd El Kadaoui es psicólogo y escritor


Ilustración de Iker Ayestarán

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